El otro día escribía que todas las partidas son difíciles, más allá del abandono de los afectos personales y materiales, más allá de si el viaje implica placer, exilio o trabajo. La partida es compleja porque implica un desprendimiento del yo, un cambio a nivel fisiológico y hormonal que repercute directamente en nuestro estado de ánimo y nos saca de nuestro contexto habitual para sumergirnos en una nueva posición del sí mismo frente al mundo, nos devuelve la mirada virgen e inconstante y, de algún modo, nos conmina a desarrollar la inteligencia adaptativa.
El sabio recorre el mundo desde su postura de meditación, el gurú penetra el universo a través del ojo de Brahma, el ermitaño observa el caudal de la vida desde su montaña solitaria, Borges reconoce el infinito en el sótano de una casa porteña; para los mortales nos quedan los viajes. Mi consuelo, entretanto, es no hacer de este distanciamiento temporo espacial un consumo bulímico a lo bestseller, a lo agencia de viajes (evitando ese gusto burgués por el coleccionismo, mera acumulación banal de objetos y experiencia, diría mi querido amigo y poeta Ezequiel), sino encarnarme desde el espíritu, si esto es posible, en regiones tan ricas en tradición, cultura y origen, pero también llenas de espejismos y paisajes prefabricados. Intentar descorrer, de-velar las máscaras del turismo para encontrar la tierra más profunda, la voz menos sorprendida, tal vez sea un propósito arrogante y quizá necesite otros viajes, pero no por eso deja de ser válido.
Y más allá de mí misma y mi contradictoria emoción (parte nómade o aire) vs. pereza (parte sedentaria o tierra) con respecto a los viajes en general y a este en particular, coincido con Pessoa - cuyo extracto adorna la columna derecha de este blog - y con Arlt quien en un Aguafuerte dice algo así como que quien no sabe hallar el mundo en su propia ciudad, por mucho que viaje, nunca encontrará experiencias valederas. Supongo que en eso reside la sensibilidad del poeta y la inteligencia del sabio, reconocer el infinito en la uña del pie, la sublime felicidad en un acorde, la Última Realidad en sí mismo. Ahí me voy entonces, liviana en equipaje a inspeccionar el afuera como un modo de recorrerme, reconocerme en las pieles morenas de otras vidas, en el escaso oxígeno del Altiplano, en el tacto rugoso de la tierra seca de países hermanos.
miércoles, 20 de febrero de 2008
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