martes, 4 de marzo de 2008

Altiplano en sangre

Muchas cosas me llaman la atención en estas tierras, por un lado el perfecto aseo de los zapatpos, desde empresarios hasta humildes comerciantes diariamente se los hacen limpiar por lustrabotas cuyo rostro está totalmente tapado (especie de militantes de quebracho o piqueteros) pero en este caso el motivo se debe a que es uno de los trabajos cuya reputación social es de las más bajas, junto con el de los basureros y lo que higienizan las calles.
En cuanto a la pregunta general y el estigma con el que me enfrenté a estos ciudadanos, debo aclarar, para decepción de muchos, que no encuentro los olores increíblmente rancios y la suciedad insoportable que me pregonizaron unos cuantos. Por un lado, en mis excursiones con turistas europeos he sentido más profundamente el aroma del típico viajero de este continente que entre mucho hostel y un ahorro de dinero, aún más que bien favorecido por el cambio, deciden eliminar la ducha por varios días y se han olvidado los perfumes en sus casas...

En un combo muy divertido, esta mañana partí a Tiahanacu con 4 italianos, una pareja francesa, 3 japoneses, un australiano, 3 chilenos y un sueco. En tan linda mezcla de razas, además del olor a días de no baño, se resaltaba el estruendo al hablar de los oriundos de Italia, la silenciosa comunicación entre los franceses y los zapatos en perfecto estado del chofer y el guía bolivianos.
Tiwanaku, sinceramente, es hermoso. El camino que conduce a tan importante ciudad "cuna de las culturas precolombinas" como reza su slong es maravilloso, un paisaje árido rodeado de montañanas, algunas de picos nevados y con esa mezcla de contención y a la vez de rechazo que genera una naturaleza seca y de colores musgos, amarronados, sobrevolados por el cielo que por sectores se llena de nubes cercanas que parece posible alcanzarlas si se escala alguno de los cerros, y partes de cielo azul celeste profundo abierto. Es un paisaje que me recordó por momentos algunas zonas de Traslasierra en mi querida Córodoba pero rápidemanete intenté desechar ese pensamineto, evitando la tranquilidad de un espacio conocido, para dar lugar a que el Altiplano me sorprenda. Y así lo hizo, las sensación de plenitud y éxtasis en la ciudadela, entre las pirámides bajo escombros encontradas, ante los símbolos de una cultura rica, me dejaron abrumada pero a la vez despierta.
Lo que me interesa siempre, es evidente, es la simbología, la significancia que tiene el arte y la arquitectura en estos pueblos ya que es, en definitiva, su cosmovisón del mundo, su manera de acercase a la tierra y el cielo y comprenderlos, de darle sentido a la vida, a la muerte, al rito que están ejecutando. Tanto en mis acercamientos a las representaciones de deidades hindúes, como en la observación de los monolitos, vasijas y artesanías estos días, lo que busco es qué significa el felino, lo que representa el cóndor, qué esconde el pez que nada siguiendo determinada corriente.

En el museo arqueológico de esta ciudad, lo primero que te llevan a ver es el Monolito Pachamama o Bennett (quien lo descubrió), yo percibí unos instantes de silencio de respeto y recogimiento en todo el grupo al ver ese monumento dentro de un inmenso cuarto de luces tenues. Para mí fue muy emocionante e intimista, en esos momentos molesta la voz del guía, molestan los chilenos desubicados intentando sacar fotos a escondidas aunque haya carteles que digan muy claramente que no están permitidas, molesta el cuchicheo en lenguas de cualquier tipo... y sin embargo logra establecerse una liazón con esa imagen repleta de simbología y significado. No voy a dar una clase sobre lo que escuché esta tarde, cualquiera puede buscarlo por Internet, pero me fascina cómo de algún modo, por una conciencia colectiva temporal a nivel planetario o por una efectiva comunicación precolombina de comercio o lo que fuere hay símbolos que se repiten de cultura a cultura.
El conocimiento astronómino o ingenieril que poseían estas viejas cultura no civilizadas descansaba a su vez en un respeto por sus deidades y por la naturaleza que hoy está perdido. Aterroriza, pero creo que más entristece saber que hoy nadie puede vivir en la naturaleza y aprender sus signos, guiarse por sus estrellas, navegar sus ríos, cultivar la tierra sin los elementos que ofrece la técnica de este y el pasado siglo. Creo que es más loable un pueblo como éste que aún conserva la sabiduría que transmite la tierra, y no ese vacío de costumbre y origen que se observa en las villas que rodean Buenos Aires y otras ciudades (en un intento por desmitificar un poco la causa y origen de esos problemáticos asentamientos suburbanos), ya que por lo que he visto acá, aún yendo a la caótica y compleja ciudad del Alto, aún se cuida la Pachamama y se sirven de sus dones para la supervivencia.
Al regreso de la ciudad, fuí al Museo de la Revolución donde hay murales de una belleza increíble, a mí me recordaron a Berni, (entendidos no me peguen) y por último al Museo de Arte Nacional, donde rescato una obra expresionista hermosa de un tal Juan Risma y muchas del famosos Cecilio Gutierrez de Rojas.
Me queda pendiente lo de ayer que fue un día muy bonito y con muchas actividades, también el la jornada del domingo, repleto de ferias, pero me ha cansado Internet... si alguno leyó textos míos, sabe que la cronología no es mi fuerte, sin querer parece que en este blog cometeré el mismo desvarío y cuando pueda - o no- escribirré lo pasado días previos. A modo de cierre, para los que estaban preocupados, mi compañero de viaje Pablo es un buen muchacho y los baños que he encontrado no tienen nada que envidiarle a los argentinos, lo que sí mi ducha es eléctrica pero nunca sale fría así que me aseo por partes, como lo hacía hace siglos vaya a saber por donde...

PD: Las fotos tarden años en subirse!!! Ayudaaaa

domingo, 2 de marzo de 2008

Arrivata

EL vuelo estuvo muy bien, en un presagio de mis condiciones físicas - hasta ahora al menos- no me apuné siquiera en el momento del aterrizaje que suele ser un poco extremo para mi organismo. De todos modos, no deja de sorprenderme, cada vez que viajo en avión, los inventos técnicos del ser humano, más allá de mi desconocimiento de física y mecánica, simplemente el hecho de animarse a meterse entre las nubes posicionarse por encima de ellas y llegar en 5 horas a lugares que se tardarían horas, me parece aterrorizante y maravilloso al mismo tiempo.
Todo acá es desorganizado y caótico y mi estado de ánimo se lleva muy bien (algunos, tal vez mis padres no se sorprendan) con esa mezcla de lío y regateo y quejas sobre dolores físicas y sobre los precios y ese modo de hablar en un tono apelmasado y tranquilo que resulta increíblemente musical al oído acostumbrado al ansioso y extrovertido castellano del Río de la Plata. El boliviano escoge las palabras, aún si su vocabulario es limitado, intenta expresarse siguiendo el hilo de sus pensamientos o más aún sus impresiones...
La ciudad, al menos las partes que recorrí esta mañana es un gran mercado callejero, alguien me comentó "como un Barrio Once gigante", no comparto ni un poco, es un mercado de toldos y cajones tirados en el piso donde se exhiben desde medias de lycra hasta camaraones y yogures sin refrigerar y multitud de frutas y verduras algunas desconocidas, donde se gritan las ofertas y hay peleas callejeras constantes.
No quiero escribir mucho más porque se hace la hora del almuerzo y quiero ir a probar algunas cosillas de aca, además este teclado me esta costando demasiado... lo único que digo es que el mal de altura es un invento de los jugadores de fútbol argentinos.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Antes de partir (bonus track)

El otro día escribía que todas las partidas son difíciles, más allá del abandono de los afectos personales y materiales, más allá de si el viaje implica placer, exilio o trabajo. La partida es compleja porque implica un desprendimiento del yo, un cambio a nivel fisiológico y hormonal que repercute directamente en nuestro estado de ánimo y nos saca de nuestro contexto habitual para sumergirnos en una nueva posición del sí mismo frente al mundo, nos devuelve la mirada virgen e inconstante y, de algún modo, nos conmina a desarrollar la inteligencia adaptativa.
El sabio recorre el mundo desde su postura de meditación, el gurú penetra el universo a través del ojo de Brahma, el ermitaño observa el caudal de la vida desde su montaña solitaria, Borges reconoce el infinito en el sótano de una casa porteña; para los mortales nos quedan los viajes. Mi consuelo, entretanto, es no hacer de este distanciamiento temporo espacial un consumo bulímico a lo bestseller, a lo agencia de viajes (evitando ese gusto burgués por el coleccionismo, mera acumulación banal de objetos y experiencia, diría mi querido amigo y poeta Ezequiel), sino encarnarme desde el espíritu, si esto es posible, en regiones tan ricas en tradición, cultura y origen, pero también llenas de espejismos y paisajes prefabricados. Intentar descorrer, de-velar las máscaras del turismo para encontrar la tierra más profunda, la voz menos sorprendida, tal vez sea un propósito arrogante y quizá necesite otros viajes, pero no por eso deja de ser válido.

Y más allá de mí misma y mi contradictoria emoción (parte nómade o aire) vs. pereza (parte sedentaria o tierra) con respecto a los viajes en general y a este en particular, coincido con Pessoa - cuyo extracto adorna la columna derecha de este blog - y con Arlt quien en un Aguafuerte dice algo así como que quien no sabe hallar el mundo en su propia ciudad, por mucho que viaje, nunca encontrará experiencias valederas. Supongo que en eso reside la sensibilidad del poeta y la inteligencia del sabio, reconocer el infinito en la uña del pie, la sublime felicidad en un acorde, la Última Realidad en sí mismo. Ahí me voy entonces, liviana en equipaje a inspeccionar el afuera como un modo de recorrerme, reconocerme en las pieles morenas de otras vidas, en el escaso oxígeno del Altiplano, en el tacto rugoso de la tierra seca de países hermanos.